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El Pequeño Larousse y los Balcanes.

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El Pequeño Larousse Ilustrado es uno de los tantos recuerdos que conservo de mis padres. Durante años y años marcaba su lugar en la biblioteca, con su tamaño descomunal y su prepotencia, como un cinco castigador. Pero hay otras cosas tangibles, esas que se pueden tocar y conservar, que te marcan de chico y que a través de los años cuando las ves, te hacen poner los pies sobre la tierra. El Pequeño Larousse de 1943 fue como una ventana al mundo, lo hojeaba siempre y me abrió al “conocimiento”.   A veces como material de consulta en el colegio, un mapa (aunque hablara del Imperio Austro-Húngaro o del Congo Belga…) pero siempre encontraba algo que me fascinaba. De muy chico me interesó la flora y la fauna, sobre todo la fauna, y el Larousse siempre estaba ahí para decirme qué era lo que estaba viendo, aunque el nombre de esa especie hubiera cambiado con los años. Algunas cosas permanecieron eternas, no cambiaron: París, Madrid, Londres fueron inalterables a pesar del tiempo. Otras m

Liubliana, Eslovenia.

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La salida en micro de Budapest-Kelenföld fue con retraso. Al fastidio inicial por la demora siguió (una vez acomodado en mi asiento) un adormecimiento ayudado por los más de 30 grados de temperatura, una constante en todos los viajes en micro por los Balcanes. Entre sueños, ese día en el mp3 retumbaba Nick Cave y “Skeleton tree” y en mi cuaderno algunas palabras en esloveno/croata/bosnio para, al menos, poder decir “gracias”, “buen día” o “por favor”; una lista interminable de lugares que conocer y un plazo de 3 días para hacerlo. Importante: dejar una tarde para callejear y una noche para tomar unas cervezas eslovenas Laško y lo básico: siempre la cámara lista, con suficientes tarjetas y las baterías cargadas a full. Bajé del micro en la terminal de Liubliana cerca de las 13hs. con 35 grados de temperatura y empecé a caminar por Miklošičeva cesta hacia el centro de la ciudad, a unas 10 cuadras, donde se encuentra el centro histórico, el Río Liublianica y, por supuesto, el departame

Tate Modern Gallery, Londres, Reino Unido. 3 de agosto de 2017.

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Llegué a Londres el día anterior. Lluvia y fresco a pesar de ser verano, un típico clima londinense. Salí a caminar por el barrio de Bethnal Green, donde me alojaba, para conocerlo, comer algo y volví temprano al departamento para descansar. Las tres semanas previas a ese día había recorrido algunas ciudades de Italia con lo más crudo del verano, con temperaturas de 35-40 grados y ya sentía el cansancio y el ajetreo. Por la mañana necesitaba un desayuno fuerte, la noche anterior no había cenado finalmente y me esperaba un día movido. Meds, en la calle Burdett, a la vuelta del departamento me ofreció un full breakfast que fue casi como una cena atrasada y una bendición anglicana al mismo tiempo. Cargadas las baterías caminé unas calles hasta la estación del metro de Mile End, tomé la línea Central y unas paradas más allá estaba en la Catedral de St. Paul. Callejeé y fotografié un rato, crucé el Támesis por el puente Millennium y llegué hasta la Tate. Con entrada gratuita, como to