Basural a cielo abierto "La tosquera",
San Pedro, Prov. de Buenos Aires.
Puede pasar como la escenografía de una película distópica: un humo oscuro que hace picar la garganta, el murmullo constante del enjambre de moscas y un par de perros que se pelean por los restos que hay en una bolsa.
“Algo terrible pasó en la Tierra y esto es lo que queda de la civilización después de la hecatombe”, diría el trailer de la película.
Pero esta es “La Tosquera”, en San Pedro, provincia de Buenos Aires.
Aún así, sin embargo, unos chicos juegan a taparse con papel picado y otro con una camiseta de la selección argentina de fútbol con el número 10 grabado en su espalda patea una pelota que desaparece rápidamente entre las bolsas de plástico y la nube de moscas.
Una familia rodea una montaña de naranjas que algún productor descartó de la venta y entre todos eligen aquellas que puedan usar o incluso vender.
Algunos cuando ven la cámara fotográfica se vuelven y me dan la espalda.
A lo lejos se ven unas lenguas de fuego en la cima de una montaña de residuos y una columna de humo negro se eleva y contrasta, como un cachetazo, con las nubes blancas del cielo.
Alrededor de “La Tosquera”, a unos pocos kilómetros de la ciudad de San Pedro y a unos pocos metros del Río Paraná, en la provincia de Buenos Aires, hay un barrio donde viven centenares de personas, algunas que tienen ocupaciones diversas y otras que viven directamente del basural.
Juntan plásticos y cartón, principalmente, pero cualquier cosa que se pueda vender los ayuda.
Algunos esperan horas, a veces desde las cinco de la mañana, a que lleguen los camiones con los residuos de la zona y lo hacen para tener el privilegio de primerear.
Todos ellos resultaron ser afables pero algo vergonzozos: el primer vecino que me crucé se acercó y estiró su mano mientras se presentaba. Su compañero de tareas se quedó un poco más atrás y me saludó con un gesto de su mano.
Se hace difícil entender por qué hemos llegado hasta acá. Tanto más cómo no se detienen los basurales a cielo abierto, por qué el estado provincial o su intendente no toman cartas en el asunto e implementan medidas para disponer de los residuos de una manera más amigable con el medio ambiente. Y tendrían también que hacerse la pregunta: ¿qué podemos hacer nosotros, los sanpedrinos?.
Esto es una realidad que no escapa a la situación económica del país y donde más del 40% de la gente trabaja en condiciones de precariedad.
San Pedro se distingue por la calidad de sus frutas y en los alrededores se ven medianas plantaciones de soja pero no mucho más y gente vendiendo frutas o pescados a la vera de la ruta.
DATA
Los BCA, basurales a cielo abierto, carecen de medidas mínimas de seguridad para la salud pública. Al no tratar la impermeabilidad de los suelos afectan directamente tanto a los cursos de agua como a las napas freáticas transformándose en un peligro para aquellos que las usan.
Generan líquidos (lixiviados) que se filtran a través de los residuos sólidos y arrastran sustancias disueltas.
Generan metanos y dióxido de carbono que al ser liberados a la atmósfera contribuyen al agotamiento de la capa de ozono y al efecto invernadero. La quema de plásticos en estos basurales libera a la atmósfera sustancias altamente tóxicas —dioxinas, furanos, metales pesados y benceno— que contaminan severamente el aire, el suelo y el agua. Esta práctica, genera humos nocivos causantes de problemas respiratorios, cáncer y enfermedades en humanos y animales.
En Argentina se generan unas 45.000 toneladas diarias de desechos y, según PNUMA, Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en el país se gestionan el 34,4% a través de métodos inadecuados.
Algunos basurales satisfacen a la población que la rodea al ser fuente de algunos ingresos por la venta de papeles, cartones y vidrio a costa de vivir en parajes que son perjudiciales para su salud. Hay más de 5000 basurales a cielo abierto en el país que ocupan unas 8600 hectáreas.
El sol terminaba de caer cuando dejé el basural y emprendí el regreso.
Aclaración
Esto no quiere ser (y no lo es) un ensayo, ni un trabajo documental de largo aliento ni nada parecido. Nada más alejado de eso.
Es el fruto de estar una hora en “La Tosquera”, mirando y viendo el entorno y su gente. Nada tan simple como eso.
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